noche me fui para donde era mi pago, Colonia la Gertrudis,  me había informado por la radio y la tele que había yerra y bailanta. Cuando llegué, todos me miraban como espantados, me rondó un zumbido como el de un enjambre de avispas. Todos eran murmullos. Escuché que decían: mirá la descarada, ahora que quedó viuda, se vino a buscar seguramente al Pancracio. Lo querrá llevar al maizal como lo hacía antes. Esos eran los comentarios que por lo bajo iban y venían. Yo hacía oídos sordos porque me di cuenta de que mi presencia allí no era grata. Se estaba moviendo el avispero.

En aquel entonces todas estaban  celosas de mi suerte, porque  me casé con un pueblero. Si le habrán llenado la cabeza con el chisme de que yo me encontraba con Pancracio en el maizal, pero no creyó, no hizo caso, por demás se había calentado conmigo.

Miré con disimulo y vi que el Pancracio estaba con su mujer en la otra esquina de la pista, una gringa fachuda de talón relajado, él ya no me miraba como antes, con esa cara de ternero degollado. Y qué le va a hacer, yo también cambié, no soy la misma de antes,  la vida del pueblo me pulió, sigo siendo flaca casi como entonces, vivo bien porque el señor Pablo, como le decían, me dejó bien parada,  en buena posición.

Empezó la música, a los primeros acordes el Pancracio se me vino al humo. Le iba a decir que no porque me molestaba la tierra que se me estaba ganando entre los dedos descubiertos de la sandalia y que se me iba a clavar el taco aguja en la tierra pero salí,  aunque ya había perdido la costumbre de bailar en pista de campo. Ni bien me agarró, se  prendió como garrapata, ni cuando paraba la música quería soltarme de seguro que recordaba aquellos viejos tiempos. Bufaba como gurí cansado y transpiraba, el desgraciado.

Me preguntó qué le había pasado al Pablo y le conté que días atrás se venía del club y se le achicó la alcantarilla y quedó en el fondo, panza abajo. Cuando yo llegué, ya lo habían llevado, sólo vi la mancha de vino tinto que había quedado en el lugar. Ya se había ido a pasar mejor vida, eso dicen y me quedé sola porque mis dos hijos se fueron a vivir a la ciudad, el pueblo les resultó chico según sus estudios. Me contestó que habían salido  ambiciosos como vos que lo preferiste al pueblero. Le reproché  qué te pensaste vos que me iba a pasar la vida escondiendo en el maizal.

Pronto me preguntó qué iba a hacer con mi vida y me elogió. Te propongo, si querés,  vender unos chanchos y te puedo llevar a unos de eso, no sé cómo le dicen, que tienen focos rojos porque ahora te habrás puesto fina.

No te aflijas, no te hagas problema por mi Pancracio, dejemos de bailar fíjate en tu mujer que está nerviosa como caballo atado al palenque, mordiendo el freno. Andá que yo me rebusco y sé que voy a encontrar y no va a ser uno de alpargata y con olor a bosta. Lo tuve que ofender para que se me desprenda, ya se estaba poniendo por demás cargoso, yo no quería volver al pasado y menos por necesidad.

Me fui a la mesa tomé, la cartera me aseguré de  que estaba la llave de la cuatro por cuatro y regresé a mi casa.

Había vuelto al pago tan ilusionada y volví decepcionada, el pasado es pasado. Mi presente es otro, ya no podía vivir aquella vida por más paz y calma que haya, el ruido y el confort me habían cegado y si yo le decía al Pancracio que sí, segurito que el Pablo me tiraba de la pata porque eso me sabía decir si él se iba antes que yo.

Tenía debilidad por el vino, algunos decían que era porque no podía usar sombrero pero por demás me quería, rendida de cansancio me dormí y soñé con aquella mancha de vino.

Delia Fontana

 

 


 


 

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"Chacarera de un triste"