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a
pobreza
no tiene
color
pero sí,
dolor.
Se hace
sentir
en la
boca de
el
estómago
decía mi
abuela y
en la
mente,
cuando
el
dinero
no
alcanza
para
lograr
ese
trozo de
pan de
todo los
días. Lo
decía
resignada
desde su
sillón
de
ruedas,
sólo
contaba
con una
pensión
graciable,
atada a
su
destino,
con ojos
de
ochenta
y tres
años, ya
cansados.
No se
entregaba,
todavía
se
aferraba
a la
aguja de
tejer
para
aumentar
sus
ingresos.
Lo
primordial
para
ella era
pagar
los
impuestos
a
término,
no tenía
pretensiones,
se
conformaba
con
tener un
cocido
con
leche y
pan. Esa
era su
cena.
Quería
que a su
nieta,
único
familiar,
no le
faltara
nada
.Esa
niña era
su
sostén,
la luz
de sus
ojos, su
vida.
Había
pasado
los años
siendo
empleada
doméstica
,lavandera,
desde
que en
un
accidente
perdiera
todos
los
miembro
de su
familia.
Lo único
que le
quedaba
era esa
pequeña
de trece
años. Su
sueño
era que
estudiara
ya que
en su
tiempo
no había
existido
esa
posibilidad
.
Con
firmeza
y ardua
voluntad
acercaba
su
sillón
de
ruedas a
la
pileta y
con esas
manos de
experta
en la
materia,
arrugadas
,fregaba
el
delantal
murmurando
entre
dientes:
se puede
ser
pobre
pero hay
que ser
limpio .
La mayor
fortuna
que
heredaría
la chica
era su
ejemplo.
Debía
dejar
marcado
el
camino,
era
consiente
que un
día no
muy
lejano
la
dejaría
sola.
Esa era
su
preocupación
y por lo
que
rogaba,
todos
los
días, a
Dios .
Señor
que se
haga tu
voluntad,
pero si
puedes
concederme
algo, te
pido
cincos
años más
de vida.
Ella me
necesita,
mi
sombra
la
protege.
Oraba y
tejía;
sus
labios
acompañaban
el
movimiento
de las
agujas.
Cinco
años más
y
cumpliría
dieciocho,
sería
todo una
mujer,
terminaría
los
estudios
y podría
trabajar
para
enfrentar
la
pobreza
y
vencerla
con la
frente
en alto
para que
no se
manifestara
en la
boca del
estómago.
DIOS no
apagues
mi luz
ni
aquietes
mis
manos...
El Señor
se lo
concedió.
Delia
Fontana


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