|
staba
a punto de cumplir su objetivo. Caminaba por esas calles
taciturno, con la mirada fija al piso. De cuando en cuando
levantaba la vista buscando un lugar apropiado para cumplir su
objetivo, terminar con su vida creyendo que ya nunca más
volvería a sonreír.
Era tan grande su
decepción, su desconcierto que le daba la impresión de que el
mundo le había cerrado las puertas a toda posibilidad de
sobrevivir, ya no encontraba sentido el vivir. No deslucía en
su mente una respuesta coherente, todo estaba derrumbado ese
era su punto de vista en esos momentos desesperantes que quedo
a la intemperie y empezó a deambular sin rumbo. Daba vueltas y
vueltas, sin darse cuenta volvía al mismo lugar, esa plaza
donde muchas veces se había recreado con el canto de los
gorriones, ahora no los escuchaba, su mente estaba confundida.
Sin pensar sus
pasos lo llevaron inconscientemente hasta el templo. No era
muy creyente pero en ese momento de desesperación todo le daba
igual. Entró, se persignó, se hincó de rodillas y empezó a
orar. Su rezo era descompaginado por su alteración y por el
tiempo que no rezaba que hasta se había olvidado la mayor
parte. Mientras lo hacia recordó a su madre cuando les decía -andá
al templo no te aleje de Dios, el nunca nos abandona-.
El templo estaba
desierto, solo él allí con su pena y con esa idea de terminar
su existencia. En esa postura permaneció no sabría decir
cuanto tiempo hasta que sintió que les dolían las rodillas, -falta de costumbre-, se dijo, entonces se sentó. Estaba agobiado
y al mismo tiempo impaciente. Sintió que esa idea del suicidio
ya no estaba tan latente en él y allí sentado mirando
fijamente a Cristo clavado en la cruz, sintió que su dolor
interno se iba atenuando y entraba en él una pequeña luz de
esperanza, un deseo de luchar por algo, por alguien. Estaba en
la ruina despojado de todo pero él tenia una vida, tenia
brazos y no debía dejarse vencer por tropezar con esa piedra
que le había puesto el destino; bajó la vista avergonzado de
su cobardía. Le pareció que Cristo le reprochaba la falta de
fe recriminándole lo que estaba por hacer con su preciosa
vida. A todo esto ya era avanzada hora de la noche, el alba lo
sorprendió en ese lugar de paz, sentía hambre se estaba por
incorporar cuando una mano se posó en su hombro, y oyó esa vos
que le decía: -Levántate hijo, ven conmigo, te invito a
desayunar-, era el padre de la parroquia que se había apiadado
de él. Somnoliento lo miró desconcertado, como sabía que
estaba necesitando ese desayuno, por que hacía ya dos días que
no probaba bocado, no podía decir que no y dijo avergonzado
cabizbajo:- Se lo voy agradecer padre, hoy necesito que me dé
una mano, estoy en la vía-.
El sacerdote lo
miró con una mirada comprensiva y agregó: -Ven, sígueme-;
entonces se volvió a poner de rodillas, se persignó, fue
a la fuente e hizo la señal de la cruz con agua bendita y se
encamino guiado por él al interior, a la cocina del local
parroquial. Allí desayunó y poco a poco entre ahogo por las
lagrimas le contó su triste historia, estaba realmente en la
calle era un hombre solo no tenia a nadie a su lado, alquilaba
una pequeña casita en donde el había montado con mucho
sacrificio su tallercito de zapatero, con el cual ganaba para
subsistir y que este lindaba a un depósito de polietileno. Por
motivo que se desconoce se incendió convirtiéndose todo en
cenizas, también se quemo donde habitaba.
-Lo perdí todo
padre comprende todo, mi herramientas de trabajo… no tengo
nada, ni donde pasar la noche; durante el día lo puedo pasar
en una plaza pero de noche no-, le dijo.
El sacerdote se
compadeció de él y le dijo que por el momento se quedara allí
que el buscaría la forma de ayudarlo. Ese día se quedo le hizo
la limpieza a todo el contorno del templo, esa noche durmió en
el garaje en un lecho improvisado. El nuevo día lo sorprendió,
el padrecito le trasmitió una hermosa noticia, le había
conseguido trabajo y techo donde podía vivir y volver a montar
su taller de zapatero.
Desde entonces
concurre todos los domingos a misa y da gracias a Dios por
salvarle la vida, El lo llamó en el momento oportuno cuando ya
lo tenía decidido, en ese trágico momento que para él la única
solución era el suicidio...
Delia Fontana |