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oy
a
la
hora
indicada
,era
el
mensaje
que
estaba
gravado
en
el
teléfono.
Lo
leí
y
releí
,no
sé
cuántas
veces.
Pensé
que
no
sería
para
mí,
que
posiblemente
era
una
equivocación.
No
obstante,
decidí
seguirle
el
juego.
Le
contesté
que
lo
esperaba
Hacía
frío,
era
una
tarde
con
sol
de
invierno
que
pronosticaba
una
de
esas
noches
donde
la
melancolía
invade
y
penetra
en
lo
más
profundo
de
el
alma
.
Me
prendí
de
ese
mensaje
que
sabía,
a
ciencia
cierta,
que
no
me
pertenecía
pero
necesitaba
aunque,
más
no
fuera,
hacerme
la
ilusión
de
que
esa
noche
alguien
vendría
a
verme
Llamé
a
la
rosticería,
pedí
comida
para
dos,
puse
en
orden
mi
casa,
preparé
la
mesa,
pensé
en
el
postre.
Tenía
frutas
frescas,
también
había
peras
y
duraznos,
en
latas.
Cuando
todo
estuvo
en
orden,
me
metí
en
el
baño
pero
dejé
la
puerta
abierta,
por
miedo
a
no
sentir
el
timbre.
Terminaba
de
vestirme
cuando
sonó,
me
temblaban
las
piernas.
Fui
a
atender,
era
el
pedido
que
yo
había
hecho,
regresé
con
la
comida,
la
puse
sobre
la
mesa,
terminé
de
cambiarme,
me
sequé
el
cabello
.
Entonces
volvió
a
sonar
el
timbre,
me
retoqué
el
maquillaje
y
me
dirigí
a
atender
a
la
puerta.
Allí
había
un
hombre
de
muy
buena
presencia,
que
con
una
sonrisa
a
flor
de
labios
me
preguntó
si
lo
esperaba.
Sí,
pasá
ya
está
lista
la
mesa.
Tenía
miedo
de
que
no
llegaras
y
de
que
se
enfriara
la
comida
.
Nos
sentamos
y
chocamos
las
copas
en
un
brindis
de
bienvenida.
Estoy
encantado
de
conocerte
me
dijo.
Desde
entonces
nos
vemos
todos
los
días
y
estamos
planificando
un
futuro
juntos.
Si
yo
no
hubiera
creído
que
existen
los
milagros
y
no
hubiera
hecho
caso
a
la
interpretación
del
anuncio,
no
lo
hubiera
conocido
y
estaría
sola
con
la
misma
nostalgia
que
tenía
aquella
tarde.
Sin
embargo
hoy
es
un
día
igual
a
aquel,
con
el
sol
de
invierno
pero
siento
ese
calor
que
da
alguien
que
está
pensando
en
mí
y
que
esta
noche
vendrá
para
amarme...
Delia
Fontana
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