a noche asomaba por detrás de los últimos rayos del sol. Nubes oscuras se levantaban del sur y avanzaban, empujadas sigilosamente por un viento suave que iba aumentando su velocidad en forma paulatina. Había pronósticos de tormenta y precipitaciones. Ya había ensillado mi caballo y lo había atado al palenque, el animal bailoteaba inquieto alrededor, quizás, presintiendo el temporal que se aproximaba Esperé largo rato observando cómo y qué rumbo tomaba la tormenta. El cielo se fue tornando cada vez más oscuro, se puso de color verdoso y se dejó oír un ruido como el de un motor en marcha.
Los relámpagos iluminaban la noche que para esa hora ya se había puesto oscura. Tomé el caballo y lo puse al resguardo en un galponcito mientras esperaba el desenlace del tiempo. Por ir a ver a mi guaina, regresé a la casa bajo un granizo que azotaba mi cuerpo. Desde la puerta del rancho, observé el viento huracanado, destruía los árboles. De pronto arrancó el techo en donde yo me estaba resguardando y quedé a la intemperie. El granizo seguía pero con menos intensidad. Me resguardé con una silla por sobre la cabeza, me trasladé al galponcito en donde estaba mi caballo. Poco a poco el viento fue calmando, solo la lluvia azotaba en forma torrencial. Después de largo rato, volví al rancho; todas mis pilchas estaban mojadas Amanecí sentado con lo que tenía puesto
El día, por suerte, amaneció lindo, el cielo claro. El agua se había escurrido corriendo hacia al estero. Desensillé el caballo y lo largué a pastar, tendí las ropas en el alambrado y me dispuse arreglar el rancho mientras tomaba unos mates. Por suerte, la yerba no se había mojado ya que había estado dentro un tarro tapado todo el día. El sol me acompañó. Al anochecer ensillé el caballo y al trotecito tomé rumbo hacia la casa de mi guaina.
Me esperaba en la tranquera, me reclamó enfurecida por qué no había aparecido la noche anterior. Le conté lo ocurrido y fingió entender, yo disimulé que todo estaba bien pero no me había gustado nada su proceder No era ese el tipo de mujer lo que yo quería para mi compañera y madre de mis hijos, el reproche me abrió los ojos a una realidad no vista ni deseada. El casamiento para mí tendría que ser para toda la vida. Presentí que a su lado no lo sería, regresé desilusionado y desconfiando de que algo ocultaba, la noté fría, ausente.
A los pocos días regresé y me dijeron que no estaba en la casa. Noté que sus padres estaban raros, me esquivaban las miradas. Atado al palenque había un caballo que yo conocía, era del capataz de la estancia vecina.
Simulé irme pero me quedé observando desde la sombra, Ese caballo me hizo intuir que estaba con ella. Pacientemente con la complicidad de la noche, esperé a que se fuera. El patio estaba en penumbras por la luz del sol de noche que daba desde el interior del comedor, De pronto los vi salir abrazados. Se encaminaron hacia el caballo, se besaron.
Él montó a caballo y, silbando bajito, tomó el camino que lo llevaba a la estancia, Fue entonces que le salí al paso. Al verme se sorprendió, llevó la mano al facón. Le dije despacio: Compañero, mirá no estoy armado, no tengas miedo; por esa mujer no vale la pena que manchemos las manos. Solo quería decirte que hasta hace poco era mi prenda. ¿Desde cuándo es tuya? Quiero desearte suerte, me has hecho un bien, ya no la quiero.
El gaucho guardó el facón y sonrió, los dos taconeamos el caballo y emprendimos la marcha en direcciones distintas...

                              Delia Fontana


 


 



 


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